A veces una persona puede hablar con mucha claridad de lo que le pasa y, sin embargo, estar muy alejada de su experiencia. Puede estar ausente o explicar su vida con profusión, justificar sus decisiones o moverse por impulsos, anticipar escenarios o recordar el pasado, ordenar mentalmente lo que debería hacer o no saber lo que necesita, incluso construir un relato muy elaborado sobre sí misma en el que nadie en su entorno cercano la puede reconocer. Puede ocurrir, al mismo tiempo, que no registra el cansancio del cuerpo, el miedo que atraviesa su estómago, el enfado que se le queda en la mandíbula apretada, el deseo que no coge forma o la tristeza que lleva tiempo pugnando por salir.
Este “vivo sin vivir en mí” Santa Teresiano o simplemente “estar en ninguna parte y en todas” no se trata necesariamente de un fenómeno grave ni de una patología. Muchas veces es algo más cotidiano. Es un vivir disociados de nuestra corporalidad.
En psicoterapia, esta distancia importa. Porque no solo vivimos en nuestras ideas. Vivimos en un cuerpo que tiene historia, en una situación material concreta, en vínculos, en instituciones, en espacios, en horarios, en obligaciones, en deseos y siempre con límites. Cuando el impacto de todo eso en mi cuerpo queda excluido de lo que nos contamos, algo en la experiencia se empobrece.
En su artículo sobre la disociación, Kepa Matilla (2023) reconstruye cómo este concepto ha sido pensado a lo largo de la historia de la psicopatología. La disociación aparece vinculada a imágenes antiguas de posesión, trance o sueño, y más tarde a la hipnosis, la histeria, la psicosis, la doble conciencia, la escisión del yo y el psicoanálisis.
Lo interesante de ese recorrido es que pone en cuestión una idea aparentemente sencilla, que somos una unidad clara, transparente y dueña de sí misma. La experiencia humana muestra más bien algo distinto. En nosotros puede haber zonas desconocidas, fuerzas contradictorias, pensamientos que no reconocemos del todo como propios, afectos que se separan de las palabras, acciones que no coinciden con lo que decimos querer, o formas de vivir que no terminan de integrarse en una imagen coherente de nosotros mismos.
Desde esta perspectiva, la disociación no puede reducirse a un único fenómeno clínico. A lo largo de la historia ha servido para nombrar experiencias muy distintas, separación de ideas, pérdida de continuidad del pensamiento, doble conciencia, estados hipnóticos, defensas frente al trauma, escisiones del yo o desagregaciones más profundas de la personalidad.
Pero, más allá de sus usos técnicos, el concepto nos permite pensar algo fundamental, la conciencia no agota la vida psíquica. El yo no es una pieza compacta y soberana. No siempre somos idénticos a lo que pensamos de nosotros mismos.
En Terapia Gestalt solemos prestar atención a la congruencia entre sentir, pensar y hacer. No porque la persona tenga que ser siempre coherente de una manera rígida, sino porque la salud psíquica tiene mucho que ver con la posibilidad de integrar lo que ocurre en distintos planos de la experiencia.
Una persona puede decir “no me importa”, pero tener el cuerpo contraído. Puede afirmar “lo tengo superado”, mientras evita cualquier contacto con aquello que supuestamente ya no duele. Puede sostener ideas muy lúcidas sobre su vida y, sin embargo, repetir una y otra vez la misma forma de relación. Puede desear un cambio, pero organizar su día a día de tal manera que ese cambio nunca tenga un lugar material donde suceder.
Ahí aparece una forma de separación. No necesariamente una disociación en sentido clínico estricto, pero sí una pérdida de integración entre la experiencia corporal, la vida emocional, el pensamiento, la acción y el entorno.
Desde esta mirada, no basta con saber lo que nos pasa. Tampoco basta con explicarlo bien. La pregunta es más concreta: ¿puedo contactar con ello?, ¿puedo registrarlo en el cuerpo?, ¿puedo sostenerlo en relación con otra persona?, ¿puedo hacer algo distinto con eso en mi vida cotidiana?
Una forma actual de alejarnos de la experiencia es vivir dentro de la representación, de un “como si”. No vivimos solo lo que ocurre; vivimos también lo que creemos que significa lo que ocurre. Vivimos la imagen que tenemos de nosotros, la expectativa de los demás, el ideal de cómo deberíamos estar, el personaje que hemos aprendido a sostener, el relato que nos contamos para seguir funcionando.
Esto se ve con claridad en muchas escenas cotidianas.
Alguien está agotado, pero solo puede pensar que debería rendir más.
Alguien está triste, pero se exige estar agradecido.
Alguien está enfadado, pero se dice que no tiene derecho a estarlo.
Alguien desea parar, pero interpreta el descanso como fracaso.
Alguien necesita intimidad, pero se convence de que no necesita a nadie.
En todos estos casos, lo que no es -la imaginación- ocupa el lugar de la experiencia. Separándonos de la realidad. Generando una experiencia disociativa en la que la persona puede quedar atrapada en un mundo irreal.
Algunos autores contemporáneos han trabajado esta cuestión desde la relación entre cuerpo y subjetividad. Peter Goldberg (2020) habla de la disociación mente-cuerpo para referirse a formas en las que la experiencia psíquica queda separada del arraigo corporal. Lakoff y Johnson (1999), desde otra perspectiva, critican la fantasía de una razón desencarnada: la idea de que pensar sería una actividad pura, separada del cuerpo, de la emoción, del gesto y de la experiencia material.
Drew Leder (1990), desde la fenomenología, habla del “cuerpo ausente”. El cuerpo está siempre ahí, sosteniendo la experiencia, pero muchas veces desaparece de nuestra atención precisamente porque funciona silenciosamente. Solo vuelve con fuerza cuando duele, enferma, falla o se convierte en objeto de preocupación.
Esto es muy reconocible. Muchas personas no advierten su cuerpo hasta que el cuerpo se impone, normalmente rompiéndose. Hasta que aparece la ansiedad, el insomnio, la contractura, la fatiga, la presión en el pecho, el nudo en el estómago, la falta de aire o el bloqueo. Entonces el cuerpo, que llevaba tiempo hablando en voz baja, empieza a gritar. Pudiendo llegar a enfermar.
Desde la Gestalt, creemos que el cuerpo no es un añadido a la experiencia. Es una dimensión básica del contacto. No tenemos un cuerpo como quien tiene una herramienta. Somos cuerpo viviendo en un campo relacional.
También podemos mirar este asunto desde una perspectiva filosófica. Una de las tentaciones habituales del pensamiento occidental ha sido tratar las ideas como si pudieran existir solas, separadas de las condiciones materiales que las hacen posibles.
Pero una idea nunca flota en el vacío. Un ideal, una norma, un proyecto, una teoría o una imagen de nosotros mismos siempre se apoya en cuerpos, prácticas, instituciones, objetos, lenguajes, relaciones y condiciones concretas de vida.
Decir “quiero cambiar” no es todavía cambiar.
Decir “quiero cuidarme” no organiza por sí solo el descanso.
Decir “quiero poner límites” no modifica automáticamente una relación.
Decir “quiero vivir de otra manera” no transforma por sí mismo la estructura material de una vida.
Las ideas -que incluyen los deseos- pueden orientar, abrir posibilidades, nombrar lo que antes no tenía forma. Pero también pueden convertirse en refugio. A veces pensamos sobre la vida para no entrar en contacto con ella. A veces elaboramos explicaciones muy sofisticadas para no tocar lo más sencillo: tengo miedo, estoy cansado, necesito ayuda, no quiero seguir así, deseo otra cosa, no sé cómo hacerlo.
Podríamos hablar, entonces, de una forma cotidiana de disociación: la distancia entre la vida material que efectivamente vivimos -real- y el mundo -ideal- de ideas desde el que creemos vivirla.
No se trata de diagnosticar cada despiste, cada ensimismamiento o cada contradicción. Sería absurdo y patologizante. Pensar, imaginar, abstraer, recordar y anticipar son funciones humanas necesarias. Las dificultades aparecen cuando la vida queda demasiado desplazada hacia el plano de la representación y perdemos contacto con la experiencia concreta.
Cuando eso ocurre, podemos quedar atrapados en frases como estas:
“Ya sé lo que me pasa, pero sigo igual.”
“Lo entiendo todo, pero no puedo hacer nada distinto.”
“Sé que necesito parar, pero no paro.”
“Sé que esta relación me hace daño, pero vuelvo.”
“Sé lo que quiero, pero mi vida va en otra dirección.”
“Sé mucho de mí, pero apenas me siento.”
Estas frases muestran una separación entre saber y poder, entre pensamiento y cuerpo, entre conciencia y acción, entre relato y contacto.
El trabajo terapéutico no consiste en dejar de pensar. Pensar es necesario. Comprender también. La cuestión es que el pensamiento no quede separado del cuerpo, de la emoción, de la acción y del mundo.
Volver al contacto implica preguntarse no solo “qué significa esto”, sino también:
¿Dónde lo noto?, ¿qué hago con esto que noto?, ¿qué evito?, ¿qué necesito?, ¿qué parte de mí queda fueracuando cuento esta historia?, ¿qué condiciones concretas sostienen este malestar?, ¿qué tendría que cambiar, no solo en mi cabeza, sino en mi manera de vivir?
A veces, integrar -como acción opuesta a disociar- no significa encontrar una gran explicación, sino recuperar una conexión sencilla: respirar, sentir los pies en el suelo, reconocer el cansancio, decir algo honesto, pedir algo, retirarse de un lugar, acercarse a alguien, poner un límite, dejar de sostener una imagen imposible.
Quizá por eso la disociación, pensada en este sentido amplio, nos permite mirar una forma muy actual de sufrimiento... Estar llenos de ideas sobre la vida y, al mismo tiempo, cada vez más lejos de vivirla.
No se trata de elegir entre cuerpo e ideas. Se trata de volver a ponerlos en relación. Porque una vidahumana no ocurre solo en la cabeza. Ocurre en el contacto entre lo que pensamos, lo que sentimos, lo que hacemos y el mundo material y relacional que habitamos.
Álvarez, J. M. (Dir.). (2023). Vocabulario de psicopatología I. Xoroi Edicions.
Bueno, G. (1990). Materia. Pentalfa.
Fuchs, T., y Schlimme, J. E. (2009). Embodiment and psychopathology: A phenomenological perspective. Current Opinion in Psychiatry, 22(6), 570–575. https://doi.org/10.1097/YCO.0b013e3283318e5c
Goldberg, P. (2020). Body-mind dissociation, altered states, and alter worlds. Journal of the American Psychoanalytic Association, 68(5), 769–806. https://doi.org/10.1177/0003065120968422
Lakoff, G., y Johnson, M. (1999). Philosophy in the flesh: The embodied mind and its challenge to Western thought. Basic Books.
Leder, D. (1990). The absent body. University of Chicago Press.
Matilla, K. (2023). Disociación. En J. M. Álvarez (Dir.), Vocabulario de psicopatología I (pp. 391–408). Xoroi Edicions.