Un acercamiento a los estados depresivos

"Cómo se va estrechando la vida de una persona hasta que queda sin impulso, sin apoyo y sin contacto suficiente consigo misma y con el mundo".

Si en la entrada anterior nos parecía importante discriminar entre estrés, ansiedad, angustia y crisis de pánico, hoy queremos detenernos en algo que va más allá de estar triste o sentirse “depre”.

En la conversación cotidiana llamamos depresión a muchas cosas a la vez: tristeza, desgana, cansancio, apatía, falta de ilusión o una sensación persistente de peso vital. Ese uso común no es del todo erróneo, pero puede resultar impreciso. No toda tristeza es depresión. Y, al mismo tiempo, la depresión no siempre se presenta solo como tristeza.

Si afinamos un poco más, en el libro "Vocabulario de Psicopatología" dirigido por José María Álvarez (2023) nos recuerda, a través del texto de Ángela González, que el término “depresión” es relativamente tardío en comparación con “melancolía”, que tiene una historia mucho más antigua. Además, cuestiona que estas experiencias puedan entenderse solo desde abordajes y diagnósticos de corte biologicista, y propone pensarlas como una experiencia subjetiva compleja, caracterizada por tristeza, dolor anímico, pérdida de deseo, desinterés por el mundo y empobrecimiento de la vida psíquica y relacional.

En esa línea, la depresión no sería solo “estar triste”, sino una forma de sufrimiento en la que se altera profundamente la relación con el deseo, la pérdida y el sentido de vivir. Algo que puede desorganizar a la persona en distintos planos: corporal, emocional, vincular, relacional y existencial.

Dentro de ese espectro, los manuales clínicos y sanitarios nos ayudan a dibujar un mapa del territorio. En cuanto a lo observable, suelen ser exhaustivos al describir síntomas emocionales, cognitivos, físicos e interpersonales. Eso evita caer en la simplificación de identificar la depresión solo con tristeza. También ponen el foco en su curso: duración, gravedad, impacto funcional, comorbilidades y riesgo suicida. Y, además, ofrecen herramientas concretas de evaluación —entrevistas, escalas, autoinformes y registros— que pueden aportar, en determinados contextos, una dimensión más precisa y cuantitativa a una experiencia que, por sí misma, es profundamente subjetiva.

Esta mirada tiene valor. Permite ordenar, discriminar, valorar riesgos y reconocer cuándo puede ser necesaria una intervención clínica más específica. Pero, por sí sola, no resuelve el problema.

Desde una perspectiva humanista conviene observar también qué hace la persona con sus deseos, sus pérdidas, sus dolores, sus frustraciones, sus vínculos y sus conflictos ligados al contexto social en el que vive. No podemos comprender estas experiencias si las arrancamos del conjunto del que forman parte. Algunos estados depresivos no se entienden bien cuando se separan de los ritmos vitales, de los apoyos reales y de las condiciones materiales en las que aparecen.

Desde la Gestalt entendemos que el cuerpo, inevitablemente, participa en todo esto. No como un mero receptor pasivo, sino como lugar donde se expresa y se organiza buena parte del sufrimiento. Por eso, en muchos estados depresivos observamos desconexión corporal, bloqueo del impulso, empobrecimiento del autoapoyo y deterioro del sostén relacional y social.

Más que pensar solo en una etiqueta diagnóstica, muchas veces nos interesa explorar cómo aparece en la experiencia viva de la persona ese contacto con la impotencia: con el querer y no poder. A veces porque algo valioso se ha perdido. A veces porque algo profundamente deseado no llega a materializarse. A veces porque, aun siendo posible, la persona no dispone en ese momento de los recursos internos o externos para alcanzarlo o sostenerlo.

Frente a propuestas de intervención duras, moralizantes o excesivamente interpretativas, creemos más fecundo ofrecer apoyo, contención, reconocimiento y condiciones suficientes para que la persona pueda empezar a sentir, nombrar y movilizarse de nuevo.

Acompañar estos estados pasa, a nuestro juicio, por sensibilizar el cuerpo, ayudar a expresar emociones, atender necesidades básicas, poner palabras al deseo, observar el manejo de la agresividad y explorar también la capacidad para entrar en contacto con lo doloroso sin quedar arrasado por ello. Y también, algo nada menor, por detenerse a mirar qué está ocurriendo con el cuidado de sí y con la manera de sostener los vínculos con los demás.

Creemos que una parte importante de nuestro trabajo consiste precisamente en ayudar a que, allí donde la vida se había ido estrechando, pueda empezar poco a poco a recuperar espacio, apoyo y movimiento.

Referencias



Álvarez, J. M. (Dir.). (2023). Vocabulario de psicopatología I. Xoroi Edicions.

González Delgado, Á. (2023). Depresión. En J. M. Álvarez (Dir.), Vocabulario de psicopatología I (pp. 102–107). Xoroi Edicions.





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