Diferencia entre estrés y ansiedad

En la reflexión anterior decíamos que, cuando no encontramos un equilibrio suficientemente bueno al relacionarnos con nuestra realidad diaria, pueden ir tomando forma estrategias de ajuste muy costosas. A veces, esas estrategias nos ayudan a sobrevivir un tiempo. Son útiles, lo sabemos. Nos permiten seguir adelante, mantener cierta coherencia y amortiguar el impacto de lo que vivimos. Pero suelen acarrear un coste. Con el tiempo, pueden expresarse en experiencias disociativas, estados depresivos, ansiedad o sufrimiento narcisista. Vivencias que, en ocasiones, terminan generando más malestar, incluso, que aquello a lo que intentaban responder.

De todas esas formas de malestar, la ansiedad quizá sea hoy una de las más nombradas en la conversación pública. También, creemos que, una de las más confundidas. Decimos “ansiedad” para hablar de muchas cosas a la vez, y en esa mezcla corremos el riesgo de perder de vista matices importantes. Por eso queremos detenernos un poco en ello. Se la nombra mucho, pero no siempre se la comprende bien. A menudo la usamos para hablar de realidades bastante distintas entre sí aunque no sean lo mismo: estrés, ansiedad, angustia o ataque de pánico como si fueran intercambiables. Afinar esta diferencia no es un lujo teórico. Puede ser una manera de acercarnos con más respeto y más precisión a lo que de verdad nos está pasando como personas.

A veces decimos “tengo ansiedad” para hablar de una época de sobrecarga. Otras veces, para nombrar una vida vivida en alerta, pendiente de lo que podría salir mal. Y en otras ocasiones usamos esa misma palabra para referirnos a algo más profundo: una experiencia de estrechez, de pérdida de apoyo, de desbordamiento o de ruptura de la continuidad con la que veníamos sosteniéndonos. Ponerle el mismo nombre a todo puede simplificar demasiado lo que nos pasa.

El estrés habla sobre todo de exigencia. El organismo se activa porque algo requiere respuesta. La ansiedad añade un paso más: ya no solo hay activación, sino anticipación (García Rodríguez et al., 2009). La persona empieza a vivir orientada hacia lo que podría pasar, intentando prevenir, controlar o evitar... Vivir en lo complejo.

La angustia nombra a veces algo todavía más hondo: no solo alerta, sino desbordamiento. No solo preparación, sino una vivencia de estrechez, desconcierto o pérdida de sostén. En muchos casos, lo que la persona llama ansiedad incluye también esta capa más difícil de nombrar (Martín Aduriz, 2023). Por eso conviene no banalizarla ni reducirla demasiado rápido a “nervios” o “estrés”.

El ataque de pánico es una de las formas más bruscas e intensas que puede tomar este sufrimiento. No es simplemente “mucha ansiedad”. Suele vivirse como una irrupción extrema: de pronto la persona cree que algo gravísimo está ocurriendo. El corazón se acelera, cuesta respirar, aparece el temblor, el sudor, el mareo, la sensación de pérdida de control, de desmayo, de muerte inminente o de quiebre psíquico. Aunque muchas veces dura pocos minutos, su huella puede ser profunda. Y aquí hay algo importante: el problema no termina cuando la crisis pasa. En muchas ocasiones, después del primer episodio, la vida empieza a reorganizarse alrededor del miedo a que vuelva. Se evitan lugares, trayectos, situaciones, reuniones, transportes, espacios cerrados o abiertos, momentos de soledad, esfuerzos físicos, relaciones. Poco a poco, el objetivo principal deja de ser vivir y pasa a ser no volver a pasar por eso. Por eso el ataque de pánico no duele solo por su intensidad, sino también por la manera en que puede colonizar nuestra vida después.

Por eso, más que obsesionarnos con clasificarlo todo, creemos que es muy importante escuchar y entender mejor la experiencia. Afinar el lenguaje no para complicarla, sino para acompañarla mejor. Porque no todo malestar interno conlleva la misma carga. Y, sin embargo, todos merecen ser escuchados con seriedad, sin banalizarlos y sin reducirlos a una mera explicación.

En nuestra profesión, muchas veces el trabajo empieza precisamente ahí: no solo en intentar acomodar el síntoma, sino en acompañar y orientar a que la persona pueda comprender qué le está pasando, qué intenta proteger en ella ese sufrimiento y qué apoyos necesita para volver a vivir con más amplitud, más arraigo y menos miedo.

La Terapia Gestalt aporta aquí una distinción importante. La ansiedad no sería solo un exceso de activación, sino una señal de que algo en el proceso de contacto se ha interrumpido. La excitación — entendida como energía vital, implicación y movimiento hacia el entorno— debería, en condiciones favorables, organizarse en emoción y movilizar a la persona hacia la satisfacción de sus necesidades y deseos. Cuando esa excitación se bloquea, se contiene o pierde su cauce, puede aparecer la famosa ansiedad. Por eso, desde esta mirada, la ansiedad no tiene solo una connotación negativa. Puede entenderse también como una función de emergencia del organismo ante algo amenazante y como energía contenida que todavía podría reorganizarse. En la síntesis contemporánea que recoge Ceballos (2017), la ansiedad se entiende como un fenómeno co-creado en el campo organismo-entorno, con componentes corporales, cognitivos, emocionales e interpersonales.

Resumiendo:

A veces hablamos de sobrecarga.

A veces hablamos de alerta.

A veces hablamos de una angustia más honda que todavía no encuentra palabras.

Y a veces hablamos de crisis agudas en las que todo eso irrumpe de forma extrema.

La ansiedad no es solo un enemigo interno que haya que apagar. A veces es el modo en que una vida sin suficiente apoyo, demasiado volcada en el después o demasiado interrumpida en su impulso vital empieza a pedir reorganización.

Y un ataque de pánico puede ser una crisis del cuerpo, de la historia personal y también del campo en que vivimos. Una forma extrema de colapso del apoyo en una época compleja que empuja a muchas personas a vivir entre la incertidumbre, la fragmentación y la hiperexigencia (Francesetti, 2007). El pánico también merece la pena ser entendido como una expresión especialmente extrema de un malestar más amplio dentro de la vida de la persona.

Esta idea es muy sugerente porque evita dos reduccionismos a la vez. Evita pensar que todo se explica por biología individual. Y evita también pensar que basta con hablar de “la sociedad” en abstracto. Lo que aparece en el cuerpo de una persona tiene historia íntima, pero también contexto. Tiene biografía, y tiene época.

Referencias



Álvarez, J. M. (Dir.). (2023). Vocabulario de psicopatología I. Xoroi Edicions.

Carrasco Palomares, B. y Catalina Fernández, C. (2023). Ataque de pánico. En J. M. Álvarez (Dir.), Vocabulario de psicopatología I (pp. 129–134). Xoroi Edicions.

Ceballos Montalvo, D. (2017). Teorías de la ansiedad en la terapia Gestalt. Poiésis, 1(33), 46. https://doi.org/10.21501/16920945.2495

Francesetti, G. (2007). Panic Attacks and Postmodernity. Gestalt therapy between clinical and social perspectives. FrancoAngeli.

García Rodríguez, B., Martín Díaz, M. D., García Fernández-Abascal, E., Jiménez Sánchez, M. P., Domínguez Sánchez, F. J., & Fernández-Abascal, E. G. (2009). Psicología de la emoción. Editorial Universitaria Ramón Areces.

Martín Aduriz, F. (2023). Angustia. En J. M. Álvarez (Dir.), Vocabulario de psicopatología I (pp. 102– 107). Xoroi Edicions.





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