En Nelintre hablamos a menudo de proceso. Proceso personal, proceso formativo, proceso terapéutico, proceso de cambio, proceso de autoconocimiento o, directamente, desarrollo personal y profesional.
No significa simplemente aprender conceptos, leer libros, participar en dinámicas grupales o adquirir herramientas o técnicas que puedas aplicar después. Tampoco significa “mejorar” en abstracto, como si el cambio consistiera en llegar a una versión más correcta, más eficaz o más aceptable de uno mismo.
Cómo se relaciona. Cómo evita. Cómo se protege. Cómo se exige. Cómo pide. Cómo se calla. Cómo se defiende. Cómo cuida. Cómo invade. Cómo se retira. Cómo repite una y otra vez formas conocidas, aunque ya no le sirvan.
Casi siempre iniciamos un proceso porque hay malestar. Por ejemplo, ansiedad, tristeza, bloqueo, cansancio, conflicto, síntomas corporales, crisis vitales, dificultades de pareja, desgaste profesional o sensación de vacío. Otras veces no hay una crisis evidente, pero sí la intuición de que algo en mi forma de vivir, trabajar o vincularme necesita ser mirado con más honestidad.
En Terapia Gestalt no entendemos el cambio como una línea recta. No hay un manual cerrado que diga por dónde tiene que pasar cada persona. Para la Gestalt, hacer proceso no es seguir una ruta prefabricada, sino un camino que se va desplegando en el encuentro entre el conflicto que la persona trae, lo que aparece en el presente y la manera en que va pudiendo hacerse cargo de sí y de lo que acontece.
No sólo “me cuesta poner límites”, sino: ¿qué ocurre en mí cuando digo que no?
No sólo “me agoto en el trabajo”, sino: ¿en qué lugar me coloco para siempre terminar haciéndome cargo de más de lo que puedo?
No sólo “tengo problemas con los demás”, sino: ¿cómo me vinculo a otras personas?, ¿qué espero?, ¿qué temo?, ¿qué repito?
No sólo “estoy bloqueado”, sino: ¿qué impulso interrumpo?, ¿qué emoción no me dejo expresar?, ¿qué parte de mí está retenida?
Cuando decimos “presencia” nos referimos a poder estar más cerca de lo que ocurre. Del cuerpo que se tensa. De la respiración que se corta. De la rabia que asoma. De la tristeza que se evita. Del miedo que se disfraza de control. De la necesidad que no se formula. Del deseo que se aplaza. Del cansancio que lleva tiempo avisando... El cuerpo suele saber antes que la mente qué me está pasando.
Muchas otras veces, un proceso de autoconocimiento se inicia cuando alguien reconoce que ya no puede seguir viviendo sólo desde la exigencia. O desde el cuidado de los demás. O desde la autosuficiencia. O desde la complacencia. O desde el personaje que ha aprendido a sostener para sentirse querido, valorado o a salvo.
Ahí aparece una pregunta importante: ¿Cómo contribuyo a que las cosas sean de esta manera?
Porque muchas veces no sufrimos sólo por lo que nos sucede, sino por la manera en que nos organizamos para responder a lo que nos sucede.
Nos protegemos como podemos. Construimos defensas. Aprendemos a agradar, a rendir, a no molestar, a atacar, a desaparecer, a salvar, a controlar, a endurecernos o a no necesitar. En algún momento, todo eso tuvo sentido. Nos ayudó a adaptarnos, a pertenecer, a sobrevivir emocionalmente o a encontrar un lugar en el que poder ser en mi entorno.
Pero lo que un día fue una solución puede convertirse, con el tiempo, en una prisión.
Un proceso permite mirar esas formas sin juzgarlas ni penalizarlas. No para destruirlas, sino para entender de qué nos han protegido y qué precio estamos pagando por seguir viviendo de esa manera.
Cambiar es recuperar movilidad. Poder responder de otra manera. Poder elegir donde antes sólo reaccionaba. Poder pedir donde antes me callaba. Poder retirarme donde antes me quedaba atrapado. Poder acercarme donde antes me aislaba. Poder poner un límite donde antes me adaptaba. Poder sostener un conflicto sin romperme ni romper al otro. Poder descansar sin desaparecer.
Especialmente cuando trabajamos con personas, nuestra forma de estar entra en todo lo que hacemos. En cómo escuchamos. En cómo acompañamos. En cómo enseñamos. En cómo coordinamos un equipo. En cómo sostenemos una reunión difícil. En cómo gestionamos el poder. En cómo recibimos una crítica. En cómo ponemos límites. En cómo nos hacemos cargo de nuestra parte sin cargar con lo que no nos corresponde.
No se trata sólo de tener más herramientas profesionales. Se trata de revisar desde dónde las usamos.
Puedo saber mucho y escuchar poco. Puedo cuidar a otros mientras me abandono. Puedo acompañar procesos sin mirar el mío. Puedo hablar de límites y no poner ninguno. Puedo enseñar presencia viviendo desde la prisa. Puedo ayudar desde el deseo de ser necesario.
Por eso, en Nelintre entendemos la formación y la terapia como espacios de trabajo real sobre uno mismo. No como una acumulación de nuevas técnicas o un espacio en el que desahogarse hasta la siguiente sesión, sino como una práctica sostenida en torno a la conciencia, la relación y la responsabilidad.
Responsabilidad entendida como algo distinto a la culpa. Entendiéndola, mejor, como capacidad de responder con más conciencia o atención a cuestiones tales como:
¿qué hago con lo que me pasa?, ¿qué parte depende de mí?, ¿qué necesito revisar?, ¿qué estoy evitando?, ¿qué apoyo necesito?, ¿qué decisión estoy aplazando?, ¿qué límite no estoy poniendo?, ¿qué emoción no quiero sentir?, ¿qué experiencias de mi biografía se están activando en esta situación actual?
Un proceso de autoconocimiento nos obligará a ponernos frente a nuestros dolores. No para instalarnos en ellos ni para recubrir de explicaciones el pasado, sino para tratar de aliviarlos primero y, posteriormente, reconocer cómo siguen operando a día de hoy en mis elecciones, en mis miedos, en mis vínculos, en mis defensas, en mi manera de trabajar o de protegerme.
Atender lo que nos duele no es quedarse anclado en el pasado o en la infancia. Es abrirnos a la posibilidad de dejar de vivir como si aquello que nos dolió siguiera ocurriendo todo el tiempo.
Al principio necesitamos apoyo externo: un terapeuta, un grupo, una formación, un espacio donde poder vernos con más claridad. Pero el sentido profundo no es depender siempre de ese apoyo, sino ir incorporando otras maneras más propias de sostenernos.
Autoapoyo no es autosuficiencia. Es poder estar más cerca de mí sin abandonarme. Poder reconocer mis recursos. Poder orientarme internamente. Poder pedir ayuda sin desaparecer. Poder sostener mi lugar sin aislarme. Poder equivocarme sin destruirme. Poder hacerme cargo de mi vida sin vivirla como una condena.
Un proceso no suele ser cómodo y agradable.
Casi siempre remueve. A veces nos confrontan. Nos toparemos con nuestras contradicciones. A veces deja al descubierto partes que preferiríamos no ver o directamente ocultar. Muchas otras, no pone delante el angustioso impasse de no saber todavía qué cambiar, pero tampoco poder seguir igual que hasta ahora. Y, sin embargo, ahí puede abrirse algo nuevo.
Porque el cambio no suele aparecer cuando nos obligamos a ser distintos, sino cuando podemos ver con suficiente claridad cómo nos mantenemos atados a lo conocido.
No para convertirnos en otra persona. Sino para poder habitarnos mejor.
Con más presencia. Con más autenticidad. Con más responsabilidad. Con más libertad interna. Con más capacidad de contacto.
Porque desarrollarse personal y profesionalmente no es añadir una capa más a lo que ya somos.
A veces es justo lo contrario. Es empezar a soltar lo que hemos tenido que construir para poder volver a encontrarnos.
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