A menudo hablamos de la agresividad como si fuera algo que hubiera que eliminar. La asociamos rápidamente a la violencia, al daño, al descontrol, a la mala educación o a la incapacidad de convivir. En el otro extremo, solemos hablar de la ternura como si fuera una cualidad siempre amable, suave, limpia, deseable.
Pero la experiencia humana es más compleja.
La agresividad y la ternura no son simplemente una mala y otra buena. Tampoco son dos mundos separados. Ambas forman parte de nuestra capacidad de contacto. Ambas nos ayudan a vivir, a vincularnos, a defendernos, a cuidar, a decir que sí y a decir que no.
La agresividad, en un sentido profundo, no es violencia. Es una energía de afirmación. Nos permite ir hacia lo que necesitamos, defendernos de lo que nos invade, separarnos cuando algo nos daña, poner límites, morder simbólicamente aquello que necesitamos digerir, no tragarnos entero lo que viene de fuera.
No puedo decir “esto sí” y “esto no”.
No puedo defender mi espacio.
No puedo discutir una idea.
No puedo confrontar algo injusto.
No puedo salir de la confluencia.
No puedo sostener una posición propia.
A veces se vuelve contra uno mismo en forma de culpa, autoexigencia, somatización, tensión corporal, ansiedad, cansancio o bloqueo. Otras veces aparece como pasividad, complacencia, resentimiento o agresividad indirecta. También puede expresarse como una dificultad para pedir, para rechazar, para ocupar un lugar o para sostener el conflicto sin derrumbarse.
El enfado, cuando aparece, suele traer una información valiosa: algo me duele, algo me invade, algo no quiero, algo necesito proteger, algo no está siendo respetado. El problema no es sentir enfado. El problema es no poder escucharlo, actuarlo sin conciencia o convertirlo en agresión o violencia.
Por eso es importante y conviene diferenciar.
No toda la agresividad torna en agresión o violencia.
No todo límite es maltrato.
No toda confrontación es ataque.
No toda fuerza destruye.
A veces, precisamente, necesitamos recuperar una agresividad sana para salir de lugares donde estamos siendo dañados. Necesitamos poder decir “no”, retirarnos, defendernos, poner palabras, pedir ayuda, cortar una dinámica o dejar de adaptarnos a costa de nosotros mismos.
Pero la agresividad, si se queda sola, también puede endurecerse.
Cuando no está acompañada por conciencia, responsabilidad y capacidad de contacto, puede convertirse en imposición, crueldad, dominio o descarga. Puede servir para insensibilizarse ante la vulnerabilidad. Puede tapar el miedo, la vergüenza, el dolor o la tristeza. Puede levantar una coraza desde la que parece que estamos protegidos, pero que también nos aleja de los demás.
La ternura no es blandura. No es sensiblería. No es complacencia. No es decir a todo que sí. No es evitar el conflicto para que nadie se incomode.
La ternura es una forma de mirar y de estar. Tiene que ver con reconocer la vulnerabilidad propia y ajena sin despreciarla. Con la sensibilidad. Con acercarse sin invadir. Con cuidar sin poseer. Con acompañar sin salvar. Con tocar, hablar o callar de una manera que no aplasta al otro.
La ternura también necesita cuerpo.
Está en el tono de voz, en la mirada, en la respiración, en la distancia que dejamos, en el modo en que escuchamos, en la posibilidad de esperar, de no interrumpir, de no colonizar la experiencia ajena con nuestras prisas. Está en la capacidad de estar presentes cuando algo duele, sin convertir inmediatamente ese dolor en consejo, explicación o juicio.
Puede parecer cuidado y ser control.
Puede parecer amor y ser seducción.
Puede parecer disponibilidad y esconder vergüenza a decirte que no.
Puede parecer sensibilidad y servir para evitar una confrontación necesaria.
Hay una ternura que acerca, y otra que endeuda.
Una ternura que reconoce, y otra que invade.
Una ternura que cuida, y otra que infantiliza.
Una ternura que nace del contacto, y otra que tapa el conflicto.
Necesitamos agresividad para separarnos.
Necesitamos ternura para no romper el vínculo.
Necesitamos agresividad para decir “esto no”.
Necesitamos ternura para seguir viendo al otro como alguien y no como un enemigo.
Necesitamos agresividad para defendernos.
Necesitamos ternura para no convertir nuestra defensa en ataque.
Necesitamos ternura para acercarnos.
Necesitamos agresividad para no desaparecer o perdernos en el acercamiento.
En muchas historias personales, estas dos fuerzas quedan separadas. Hay personas que aprendieron que enfadarse era peligroso, egoísta o inaceptable. Entonces se adaptan, tragan, sonríen, cuidan, comprenden, justifican. Pero por dentro algo se contrae. La rabia no dicha se convierte en tensión, agotamiento o resentimiento.
Otras personas aprendieron que mostrarse tiernas era quedar expuestas. Entonces se endurecen. Se protegen con distancia, ironía, autosuficiencia, control o ataque. Pueden tener fuerza, pero les cuesta dejarse tocar. Pueden defenderse, pero no siempre saben descansar en un vínculo.
También hay quien alterna entre los dos extremos: aguanta demasiado, hasta que explota. Se calla durante mucho tiempo, hasta que ya sólo puede salir de forma desmedida. Cuida sin límite, hasta que se siente utilizado. Se muestra fuerte, hasta que el cuerpo pasa factura.
No para convertirnos en personas siempre serenas, siempre tiernas o siempre razonables. Tampoco para descargar la rabia sin conciencia. Más bien para poder preguntarnos:
¿Qué está defendiendo mi agresividad?
¿Qué necesidad está intentando proteger mi rabia?
¿Qué parte vulnerable queda debajo de mi dureza?
¿Qué límite no estoy poniendo?
¿Qué ternura me cuesta recibir?
¿Qué cuidado ofrezco para no sentir mi propio miedo o vergüenza?
¿Qué fuerza necesito recuperar para estar más entero en el contacto?
En Terapia Gestalt trabajamos con lo que aparece en el aquí y ahora. El cuerpo que se tensa, la mandíbula que se aprieta, la voz que se corta, las manos que empujan o se esconden, la respiración que se bloquea, la mirada que desafía o se retira.
Una rabia que no destruya.
Una ternura que no diluya.
Un límite que no humille.
Una cercanía que no invada.
Una fuerza que no necesite aplastar.
Un cuidado que no exija desaparecer.
Quizá madurar no consista en dejar de sentir agresividad, sino en aprender a usarla al servicio de la vida. Y quizá la ternura no sea lo contrario de la fuerza, sino una de sus manifestaciones más sofisticadas... La fuerza de permanecer abierto sin dejar de cuidarse.
En Nelintre entendemos el proceso terapéutico y formativo como un espacio donde poder mirar estas polaridades sin moralizarlas. Porque allí donde la agresividad se niega, algo de la vitalidad queda retenida. Y allí donde la ternura se pierde, el contacto se empobrece.
No se trata de elegir entre fuerza y cuidado.
Se trata de poder decir “no” sin destruir.
Y de poder decir “sí” sin desaparecer.
Blanco, E. (2023). Ir y venir con la rabia: Una propuesta integradora desde la Gestalt [Tesina, Asociación Española de Terapia Gestalt].
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