Los sueños desde la Gestalt

Los sueños no se interpretan. Se habitan.



Desde los orígenes de la psicología moderna, los sueños han ocupado un lugar privilegiado como vía de acceso a aquello que no aparece de forma evidente en la conciencia.

Para el psicoanálisis, en sus orígenes, el sueño se convirtió en una puerta de entrada al inconsciente. Lo que aparece en la escena onírica no sería algo casual, sino una formación cargada de sentido, ligada al deseo, al conflicto, a lo reprimido y a la vida psíquica de la persona.

Jung amplió esta mirada. Para él, los sueños no sólo remitían a contenidos reprimidos de la biografía individual, sino también a imágenes simbólicas, arquetipos y movimientos de autorregulación de la psique. El sueño podía expresar algo de la situación actual de la persona y, al mismo tiempo, señalar una dirección de integración, una compensación o un intento de equilibrio entre opuestos.

La Terapia Gestalt recoge parte de esta tradición, pero se sitúa en otro lugar. No busca principalmente interpretar el sueño desde fuera, ni traducir sus símbolos a un significado cerrado. El trabajo con sueños no consiste en decirle a la persona: “esto significa esto” como si la persona que acompaña tuviese un libro de claves que permitiese descifrarlo. Tampoco de aplicar un diccionario de símbolos, como si soñar con una casa, un animal, una muerte o una persecución tuviera siempre el mismo significado para todo el mundo.



En Gestalt, el sueño no se interpreta tanto como se explora. Y, más aún, se habita.



Cuando una persona trae un sueño a sesión, no trabajamos con él como si fuera un relato muerto del pasado. Lo actualizamos. Lo traemos al presente. Invitamos a la persona a contarlo en primera persona, en tiempo presente, atendiendo no sólo a lo que ocurrió en el sueño, sino también a lo que aparece ahora al recordarlo: una tensión en el pecho, un nudo en la garganta, una sensación de miedo, de vergüenza, de deseo, de tristeza o de extrañeza.

Ahí empieza el trabajo. Porque el sueño no es sólo una historia. Es una experiencia.

Puede ser una escena en la que aparecen partes de nosotros que no reconocemos fácilmente durante la vigilia. Un personaje amenazante. Una niña perdida. Una casa abandonada. Un animal salvaje. Una puerta que no se abre. Un cuerpo que no puede moverse. Una voz que insiste. Una persecución. Una caída. Una habitación conocida y, al mismo tiempo, extraña.

Desde la mirada gestáltica, cada uno de esos elementos puede ser una puerta de entrada a la propia experiencia. No porque “signifique” algo fijo, sino porque al ponerlo en juego puede revelar algo vivo: una emoción evitada, una necesidad no escuchada, una polaridad interna, una fuerza rechazada, una parte vulnerable, una agresividad contenida, un miedo antiguo o una posibilidad de acción que todavía no ha sido integrada.



Dramatización del sueño.



Por eso, en el trabajo con sueños, no nos quedamos sólo en hablar del sueño. Podemos dramatizarlo. Podemos invitar a la persona a ocupar el lugar de los distintos elementos de la escena. Ser la casa. Ser la puerta. Ser el perseguidor. Ser quien huye. Ser el animal. Ser el obstáculo. Ser el cuerpo paralizado. Ser la voz que aparece.

Este cambio de posición puede parecer extraño al principio, pero tiene un potencial para el autoconocimiento muy concreto: ayuda a recuperar como propio algo que estaba proyectado fuera.

Aquello que en el sueño aparece como “otredad” puede contener una parte alienada de mí. Algo que rechazo, que temo, que no me permito, que no reconozco, que he dejado fuera de mi autoconcepto. Al darle voz y cuerpo, la persona puede empezar a reapropiarse de esa energía.

No se trata de forzar una conclusión. Se trata de permitir que la experiencia se despliegue.

El sueño puede mostrar una parte agresiva que la persona no se permite vivir despierta. O una ternura que le resulta peligrosa. O una necesidad de descanso que lleva tiempo desoyendo. O una tristeza que ha quedado encapsulada. O una vitalidad que aparece disfrazada de animal, de movimiento, de fuego, de agua, de huida o de búsqueda.

En este sentido, el trabajo con sueños está profundamente ligado al cuerpo. No basta con preguntar “qué significa”. Importa preguntar: ¿qué sientes al contarlo?, ¿dónde lo notas?, ¿qué ocurre en tu respiración?, ¿qué postura toma tu cuerpo?, ¿qué impulso aparece?, ¿te acercas o te retiras?, ¿te tensas o te aflojas?, ¿qué necesitaría hacer ese cuerpo dentro de la escena?

A veces, el sueño señala algo que también aparece en forma de síntoma. Una presión, un bloqueo, una contracción, un cansancio, una dificultad para respirar, una imposibilidad de moverse o de hablar. Al trabajar la escena onírica en el aquí y ahora, el cuerpo se convierte en una brújula: nos muestra dónde hay carga, dónde hay evitación, dónde hay miedo, dónde hay deseo, dónde hay una acción interrumpida.

La dramatización permite que el sueño deje de ser una narración para convertirse en una experiencia presente. Y, cuando eso ocurre, puede aparecer algo nuevo: una palabra que no había sido dicha, un gesto que estaba inhibido, una emoción que no había encontrado espacio, una comprensión que no llega por análisis, sino por contacto.

También los sueños repetitivos tienen un valor especial. Cuando una misma escena vuelve una y otra vez, quizá no esté pidiendo ser descifrada, sino ser escuchada de otro modo. Puede estar mostrando un asunto inconcluso, una situación interna que sigue buscando elaboración, una necesidad que no ha encontrado respuesta o un rasgo de nuestro carácter que nos deja atrapados en la misma posición en determinadas situaciones.

Otra posibilidad importante del trabajo con sueños es que no sólo nos permite mirar el conflicto, sino también ensayar nuevas respuestas. En el sueño aparece una escena y en terapia podemos volver a ella para descubrir qué movimiento quedó interrumpido, qué palabra faltó, qué apoyo no estaba disponible, qué límite no se puso, qué acercamiento no se produjo. A veces, al actualizar el sueño, la persona encuentra un nueva posibilidad para su día a día.

Así, los sueños pueden convertirse en una vía de acceso a la experiencia propia. No para alejarnos de la realidad, sino para volver a ella con más conciencia. No para buscar respuestas mágicas, sino para contactar con aquello que ya está intentando expresarse.

En Terapia Gestalt, trabajar un sueño no consiste en resolver un enigma. Consiste en entrar en contacto con una escena viva y preguntarnos qué parte de mí aparece ahí, qué estoy dejando fuera, qué necesito reconocer, qué emoción pide lugar y qué posibilidad de integración se abre.

Porque, a veces, lo que no encontramos forma de decir durante el día aparece por la noche en imágenes. Y esas imágenes, si las habitamos con cuidado, pueden ayudarnos a recuperar algo de nosotros mismos.



Referencias



Cardona Costa, J. (1996). Las fronteras del yo a través de los sueños: Experiencia gestáltica y teoría psicoanalítica [Tesina, Asociación Española de Terapia Gestalt].

de Palol Coma, A., y Antoni Conesa, T. A. (2021). Sueños y Gestalt: Una ventana al mundo interno [Tesina, Asociación Española de Terapia Gestalt].

López Clavijo, P. (2020). Gestalt, salud y cuerpo: Terapia Gestalt, Enfermería, y Terapia Corporal Integrativa aplicadas a la salud en terapia [Tesina, Asociación Española de Terapia Gestalt].

Torres Oñate, M. P. (2005). Los sueños y la Terapia Gestalt [Tesina, Asociación Española de Terapia Gestalt].





Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar nuestros servicios, analizar el tráfico y mostrarle publicidad relacionada con sus preferencias. Puede aceptar, configurar o rechazar su uso. Más información en nuestra Política de Cookies.